El gatito navideño de James Herriot. Una sutra para toda la vida.

Actualizado: 22 de nov de 2020

Hola, en este blog quiero compartirles un relato del escritor y veterinario inglés, James Herriot. Por primera vez lo leí en ruso ¡y me impactó! Una sencilla historia, pero una gran sutra para reflexionar sobre la vida, la muerte y sobre nuestro destino.

Las sutras son aforismos o discursos dados por Buda o sus alumnos. Son textos para reflexionar y meditar. En la literatura también podemos encontrar muchas historias que son sutras. Una de estas historias para mí es El Gatito Navideño de James Herriot. No encontré la traducción a español y lo hice yo mismo. Espero que puedan disfrutar este relato. Para que sea una terapia de arte, lo recomendaría volver a leer varias veces, observar y analizar las emociones y sentimientos que surgen. Este relato tiene un gran contenido para sanar traumas y heridas emocionales.


Saludos y estamos en contacto,

Vadim Proshichev.


James Herriot

El gatito navideño

(Traducción del inglés Vadim Proshichev. Original: The Christmas Day Kitten by

James Herriot)


Nunca he pasado la Navidad sin acordarme de una pequeña gatita muy especial. La conocí por primera vez cuando me llamó la señora Pikering para ver a uno de sus perritos consentidos de raza Basset.

Me quedé mirando un poco sorprendido a una peludita criatura que se movía muy discretamente en el pasillo. “No sabía que usted tuviera una gatita” —le dije a la señora Pickering— que era una mujer regordeta y muy dulce.

La señora Pickering sonrió. “En realidad no tenemos. Debbie parece perdida. Viene dos o tres veces a la semana y nosotros le damos algo de comer. No sé ni dónde vive”.

“¿Alguna vez tuvo la sensación de que quería quedarse con usted?” —le pregunté.

“No”, la señora Pickering movió la cabeza. “Ella es una cosa chiquita y tímida. Solo entra arrastrándose, come un poquito y después se va discretamente. Parece que no quiere que le ayude en nada”.

Miré nuevamente a la pequeña criatura. —“¿Pero parece que hoy no solo llegó para comer?” —pregunté.

“Es algo muy curioso, porque justo ahora, como en otras ocasiones, ella se mete en el cuarto de estar y se sienta cerca de la chimenea por unos minutos. Pienso que es para consentirse”.

La gatita estaba sentada muy derechita sobre una alfombra suave y alta frente a la chimenea, mientras las leñas resplandecían por el fuego. Tres Bassets estaban acostados allí, pero parecían no prestar atención a Debbie, dos de ellos la husmearon de una manera tan aburrida, y el tercero simplemente ladeaba su ojo hacia ella lleno de sueño, casi durmiéndose.

Debbie no hacía ningún esfuerzo ni para acurrucarse, ni para lamerse, ni para hacer cualquier otra cosa, solo miraba tranquilamente al fuego. Definitivamente fue un evento muy especial en su vida, un momento de placer.

De repente se volteó y arrastrándose muy cautelosamente, sin ningún ruido, salió de la habitación y se fue.

“Así es ella, Debbie” —dijo la señora Pickering riéndose. “Ella nunca se queda por más de diez minutos o tal vez menos y después se va”.


Yo visitaba la casa de la familia Pickering muy frecuentemente y siempre observaba a la pequeña gatita. Una vez la vi en la puerta de la cocina cuando estaba comiendo con mucha delicadeza de un plato. Cuando se dió cuenta que la observaba se volteó y, como siempre, se deslizó hacia la luz del salón.

Debbie se colocó entre los perritos Bassets a su manera: muy derecha, muy quieta y mirando cómo se movía el fuego.

Esta vez traté de hacerme su amigo, pero ella inclinó la cabeza evitándome cuando estiré mi mano. Sin embargo, hablé con ella muy suave y pude acariciar su mejilla con un dedo.

Después llegó el momento en que se fue. Ya estando afuera de la casa saltó por la cerca de piedra y desapareció. Lo último que vi fue su pequeña silueta atravesando cautelosamente el césped.


Tres meses después, durante una mañana de Navidad, fue cuando escuché nuevamente la voz de la señora Pickering.

“Lamento mucho molestarle hoy” —dijo la señora Pickering, apenada.

“No se preocupe por eso” —le contesté. “¿Cuál de los perritos necesita atención?”

“No son los perritos… es Debbie. Llegó a casa y está muy mal. Por favor venga lo más rápido posible”.

Conducí por la plaza del mercado que estaba vacía. La nieve cubría como una manta muy gruesa la carretera y los patios de las casas que estaban alrededor. Las tiendas estaban cerradas, y solamente las pequeñas luces de los árboles navideños parpadeaban en las ventanas.