El gatito navideño de James Herriot. Una sutra para toda la vida.

Actualizado: nov 22

Hola, en este blog quiero compartirles un relato del escritor y veterinario inglés, James Herriot. Por primera vez lo leí en ruso ¡y me impactó! Una sencilla historia, pero una gran sutra para reflexionar sobre la vida, la muerte y sobre nuestro destino.

Las sutras son aforismos o discursos dados por Buda o sus alumnos. Son textos para reflexionar y meditar. En la literatura también podemos encontrar muchas historias que son sutras. Una de estas historias para mí es El Gatito Navideño de James Herriot. No encontré la traducción a español y lo hice yo mismo. Espero que puedan disfrutar este relato. Para que sea una terapia de arte, lo recomendaría volver a leer varias veces, observar y analizar las emociones y sentimientos que surgen. Este relato tiene un gran contenido para sanar traumas y heridas emocionales.


Saludos y estamos en contacto,

Vadim Proshichev.


James Herriot

El gatito navideño

(Traducción del inglés Vadim Proshichev. Original: The Christmas Day Kitten by

James Herriot)


Nunca he pasado la Navidad sin acordarme de una pequeña gatita muy especial. La conocí por primera vez cuando me llamó la señora Pikering para ver a uno de sus perritos consentidos de raza Basset.

Me quedé mirando un poco sorprendido a una peludita criatura que se movía muy discretamente en el pasillo. “No sabía que usted tuviera una gatita” —le dije a la señora Pickering— que era una mujer regordeta y muy dulce.

La señora Pickering sonrió. “En realidad no tenemos. Debbie parece perdida. Viene dos o tres veces a la semana y nosotros le damos algo de comer. No sé ni dónde vive”.

“¿Alguna vez tuvo la sensación de que quería quedarse con usted?” —le pregunté.

“No”, la señora Pickering movió la cabeza. “Ella es una cosa chiquita y tímida. Solo entra arrastrándose, come un poquito y después se va discretamente. Parece que no quiere que le ayude en nada”.

Miré nuevamente a la pequeña criatura. —“¿Pero parece que hoy no solo llegó para comer?” —pregunté.

“Es algo muy curioso, porque justo ahora, como en otras ocasiones, ella se mete en el cuarto de estar y se sienta cerca de la chimenea por unos minutos. Pienso que es para consentirse”.

La gatita estaba sentada muy derechita sobre una alfombra suave y alta frente a la chimenea, mientras las leñas resplandecían por el fuego. Tres Bassets estaban acostados allí, pero parecían no prestar atención a Debbie, dos de ellos la husmearon de una manera tan aburrida, y el tercero simplemente ladeaba su ojo hacia ella lleno de sueño, casi durmiéndose.

Debbie no hacía ningún esfuerzo ni para acurrucarse, ni para lamerse, ni para hacer cualquier otra cosa, solo miraba tranquilamente al fuego. Definitivamente fue un evento muy especial en su vida, un momento de placer.

De repente se volteó y arrastrándose muy cautelosamente, sin ningún ruido, salió de la habitación y se fue.

“Así es ella, Debbie” —dijo la señora Pickering riéndose. “Ella nunca se queda por más de diez minutos o tal vez menos y después se va”.


Yo visitaba la casa de la familia Pickering muy frecuentemente y siempre observaba a la pequeña gatita. Una vez la vi en la puerta de la cocina cuando estaba comiendo con mucha delicadeza de un plato. Cuando se dió cuenta que la observaba se volteó y, como siempre, se deslizó hacia la luz del salón.

Debbie se colocó entre los perritos Bassets a su manera: muy derecha, muy quieta y mirando cómo se movía el fuego.

Esta vez traté de hacerme su amigo, pero ella inclinó la cabeza evitándome cuando estiré mi mano. Sin embargo, hablé con ella muy suave y pude acariciar su mejilla con un dedo.

Después llegó el momento en que se fue. Ya estando afuera de la casa saltó por la cerca de piedra y desapareció. Lo último que vi fue su pequeña silueta atravesando cautelosamente el césped.


Tres meses después, durante una mañana de Navidad, fue cuando escuché nuevamente la voz de la señora Pickering.

“Lamento mucho molestarle hoy” —dijo la señora Pickering, apenada.

“No se preocupe por eso” —le contesté. “¿Cuál de los perritos necesita atención?”

“No son los perritos… es Debbie. Llegó a casa y está muy mal. Por favor venga lo más rápido posible”.

Conducí por la plaza del mercado que estaba vacía. La nieve cubría como una manta muy gruesa la carretera y los patios de las casas que estaban alrededor. Las tiendas estaban cerradas, y solamente las pequeñas luces de los árboles navideños parpadeaban en las ventanas.

La casa de la señora Pickering estaba adornada con guirnaldas y acebo; un rico aroma de pavo, salvia y cebolla salía desde la cocina y llenaba toda la casa. La señora Pickering se veía muy preocupada y me llevó a la sala de estar.

Debbie estaba allí, pero no se encontraba sentada como siempre. Permanecía acostada, más quieta que de costumbre, acurrucando a un pequeño gatito.

Los miré con asombro y pregunté —“¿Qué tenemos aquí?”

“Hay cosas muy extrañas”, contestó la señora Pickering. “No la había visto durante varias semanas y de repente llegó hace dos horas, entró pasmada por la cocina y traía a su gatito en la boca. Lo trajo acá y lo puso sobre la alfombra. Inmediatamente entendí que no estaba bien. Después se acostó así como está y no se ha movido desde entonces”.

Me arrodillé sobre la alfombra y puse mi mano sobre el cuerpo de Debbie, que yacía sobre una pequeña manta que le puso la señora Pickering. Debbie estaba muy, pero muy delgada, y su pelo estaba muy sucio. Casi inmediatamente entendí que no le quedaba mucho tiempo de vida.

“¿Está enferma, señor Herriiot?” —Me preguntó la señora Pickering, mientras su voz temblaba.

“Sí… sí, temo que sí. Pero no pienso que sienta algún dolor”. —le contesté.

La señora Pickering me miró con los ojos llorosos. Después se arrodilló cerca de Debbie y empezó a acariciar su cabeza mientras sus lágrimas caían sobre su pelaje sucio.

“Oh… ¡pobre pequeña! Debería hacer más por ella…”

Yo le dije gentilmente: “Nadie pudo hacer más que usted. Nadie pudo ser más bondadoso. Y vea, ella le trajo a su hijo, ¿no es así?”

“Sí, usted tiene razón, me lo trajo”. La señora Pickering se acercó al pobre gatito, lo agarró y lo levantó. “Esto no es extraño, Debbie sabía que se estaba muriendo y trajo a su gatito. Y justo el día de Navidad”.

Me incliné y puse mi mano en el corazón de Debbie. Ya no estaba latiendo. “Temo que ya está muerta”. Levanté su ligero cuerpo que pesaba como una pluma, lo envolví en la pequeña manta y lo llevé a mi carro.

Cuando regresé la señora Pickering estaba acariciando al gatito. Sus lágrimas ya se habían secado y me miraba con los ojos brillosos.

“Nunca antes tuve gatos” —me dijo.

Yo sonreí. “Bueno, parece que ya tiene ahora uno”.



Y sí, definitivamente lo tuvo. El gatito creció rápido y se convirtió en un fino, hermoso y activo gato, con un pelaje parecido al de un tigre; y al que la señora Pickering le dio el nombre de Buster. Era tímido como su pequeña mamá, pero su majestad tenía una muy buena vida, y con su colorida melena parecía un verdadero rey.

Pude observar con agrado como crecía, pero en especial recuerdo un día de Navidad, justo un año después de su llegada.



El día de Navidad iba en camino a casa después de visitar a un granjero que tenía una vaca enferma y me apuré para llegar a mi casa para la cena navideña. Cuando pasaba por la casa de la señora Pickering, ella estaba en la puerta y escuché que me llamó “¡Feliz Navidad, señor Herriot! Pase y tome un trago para calentarse”. Como tenía un poco de tiempo decidí aceptar la invitación. Detuve mi coche y entré a la casa. La casa estaba adornada como en la Navidad pasada y se olía el mismo rico aroma de pavo y cebolla. Pero esta vez el ambiente no se sentía tan triste ¡porque estaba Buster!

De repente, llegó y dio vueltas alrededor de cada uno de los perritos Bassets, levantó las orejas, sus ojos echaron una chispa, después tocó con su patita a uno de los perritos y se fue corriendo.

La señora Pickering rio. “Buster los molesta así. No los deja en paz”.

Tenía razón. Por mucho tiempo los perritos habían tenido una vida tan tranquila: paseaban delicadamente con su ama, comían rico y roncaban dormitando acostados sobre la alfombra y los sillones. Y después llegó Buster.

Estaba jugando con el perrito más pequeño, se acercó y lo invitó a jugar. Cuando comenzó a pegarle con ambas patas, no le pareció a Basset este juego de boxeo.

“Ahora vamos al jardín”. —dijo la señora Pickering. “Quiero mostrarle algo”.

Agarró una pelota de caucho y salimos de casa.

Lanzó la pelota al césped y Buster corrió pisando el pasto escarchado mientras el pelaje del pequeño tigre relucía por el sol. Agarró la pelota en su boca, la trajo de regreso a su ama, la puso a sus pies y se quedó esperando. La señora Pickering la lanzó otra vez y Buster la trajo de nuevo.

Me quedé sin respiro. ¡Un gato actuando como un perro!

Y los Bassets lo miraban como sin nada.

Nada en el mundo los hacía jugar con la pelota, pero Buster lo hacía una y otra y otra vez, como si no estuviera cansado.

La señora Pickering se volteó hacia mí: “¿Ha visto algo parecido alguna vez?”

“No” —le contesté. “Es un gato extraordinario”.

Después regresamos a casa y reímos. Buster se acercó a su ama, ella lo agarró y el gatito-rey empezó a ronronear haciendo mucho ruido. Mirándolo, tan sano y contento, me acordé de su madre, que trajo a su pobrecito gatito al único lugar cálido y cómodo que ella había conocido.

La señora Pickering pensó lo mismo, porque se volteó hacia mí y, aunque estaba sonriendo, sus ojos estaban llenos de lágrimas. “Debbie debe estar feliz” —dijo ella.

Incliné la cabeza. “Sí, así es. Justo hace un año ella se lo trajo a usted, ¿verdad?”.

“Exacto”. —Ella abrazó a Buster otra vez.— “Es el mejor regalo navideño que he tenido”.

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